
Voy a hablar de él, pero más adelante, lo voy a hacer de noche pues es cuando dicen que frecuenta soledades; y es que de noche tengo los momentos, antes de ir a dormir, de encontrarme solo y en soledad; por eso me mantengo despierto y atento cubriendo mi espalda, como ave noctámbula comedida a cazar mi presa, mi alimento, mi sobrevivencia. Tengo idea de lo que pasará en nuestro encuentro, si me lo encuentro, pero puede que él sepa más por ser él y no por viejo, si me encuentra; si aparece en medio de una nube de humo que no sólo confunde sino se presta para el misterio.
Hace algunos días lo he oído mencionar con frecuencia, bastante frecuencia entre los míos. Me dicen que anda aquí, que anda allá, que busca a los más sabios para hacerles pasar las verdades como mentiras o si se quiere pensar de otro modo a los menos pendejos busca confundir; y cuando los encuentra los hace sus aliados a cambio de vender lo más preciado de los animados, que para muchos sucede que no le dan la importancia requerida para verlo como preciado, como lo más valioso, el alma. El alma, principio de los seres animados, principio al cual nunca podré renunciar; es lo que Él busca y no para llevarla a un sueño interminable sino para hacer de las pasiones algo temerosas, un “sueño” que sí es terminable. Temeré que si me encuentra me pueda seducir tanto que pueda perder mi principio, temeré si lo encuentro aceptar su oferta, volquee mis pasiones a los extremos y me vuelva tan impertinente que lo único que desee, sea el ser perdonado por Él; esto en el mejor de los casos, en una situación con suerte; no obstante, un sabio nunca dejaría lo correcto librado a la suerte. Ya no hablemos de las cosas sin suerte.
No hace mucho se me presentó la oportunidad de estar sentado junto a Él por penúltima vez, mientras yo veía cómo comían, y vaya que ese día tenía apetito; fui a un puesto de tacos, muy comunes por acá por la colonia, de ellos puedo decir que sí tienen sabor, que la res se ha vuelto de mis carnes favoritas, a excepción del jamón parece –siempre que no esté en descomposición- que es mi carne favorita y lo mismo digo del pollo, en fin, a un flacucho como yo qué no se le antoja. Decía yo que me gusta frecuentar dicho puesto de tacos donde los hombres son muy dadivosos, le sirven bien a los clientes, otros clientes son melindrosos, de ahí que yo me anime hacer apuestas con Él, siempre que me siento a verlos disfrutar sus alimentos, me les quedo viendo y Él me dice: “no te van a dar”. Y yo le respondo que sí; claro mientras saco la lengua para percibir las pequeñas partículas de sabor que están en el aire, esa grasa suele ser muy volátil, o simplemente para distraer; mientras, Él me lo vuelve a repetir: “no te van a dar, no te hagas ilusiones.” Yo respondo –de nuevo- que sí lo harán; claro mientras alzo la pata olfateo un poco y los veo a los ojos. Casi siempre llegamos al mismo punto de nuestra plática, él me dice que no me darán y yo respondo que Sí me darán mientras hago algún ademán para agradar, así hasta hartarnos. Ahora anhelo que en nuestro próximo encuentro tenga el valor de hacer un poco más. De por fin mostrarle a Él que no son malos, que hay algo de bondad y nobleza pero que sólo son precavidos como serpientes.
En el último encuentro ya centrados en nuestra trivial conversación: ¿Qué quieres apostar? Respondí, Él dijo: -¡tu alma! Lo pensé, miré el suelo, levanté mi hocico, olfatee –por si era la última vez- y derepente escuché de uno de los comensales decir: ¿sabías que el Diablo le apuesta a los perros su alma?, ¿Cómo es eso? –Respondió el otro comensal- Sí, el diablo le apuesta a que tú no eres capaz de invitarle por lo menos un poco de tu alimento –asentó el primero- ¿Enserio? ¿Y si no le doy, pierde su alma? –respondió el segundo- . No, -respondió el primero- ¿qué pierdes tú?
Hace algunos días lo he oído mencionar con frecuencia, bastante frecuencia entre los míos. Me dicen que anda aquí, que anda allá, que busca a los más sabios para hacerles pasar las verdades como mentiras o si se quiere pensar de otro modo a los menos pendejos busca confundir; y cuando los encuentra los hace sus aliados a cambio de vender lo más preciado de los animados, que para muchos sucede que no le dan la importancia requerida para verlo como preciado, como lo más valioso, el alma. El alma, principio de los seres animados, principio al cual nunca podré renunciar; es lo que Él busca y no para llevarla a un sueño interminable sino para hacer de las pasiones algo temerosas, un “sueño” que sí es terminable. Temeré que si me encuentra me pueda seducir tanto que pueda perder mi principio, temeré si lo encuentro aceptar su oferta, volquee mis pasiones a los extremos y me vuelva tan impertinente que lo único que desee, sea el ser perdonado por Él; esto en el mejor de los casos, en una situación con suerte; no obstante, un sabio nunca dejaría lo correcto librado a la suerte. Ya no hablemos de las cosas sin suerte.
No hace mucho se me presentó la oportunidad de estar sentado junto a Él por penúltima vez, mientras yo veía cómo comían, y vaya que ese día tenía apetito; fui a un puesto de tacos, muy comunes por acá por la colonia, de ellos puedo decir que sí tienen sabor, que la res se ha vuelto de mis carnes favoritas, a excepción del jamón parece –siempre que no esté en descomposición- que es mi carne favorita y lo mismo digo del pollo, en fin, a un flacucho como yo qué no se le antoja. Decía yo que me gusta frecuentar dicho puesto de tacos donde los hombres son muy dadivosos, le sirven bien a los clientes, otros clientes son melindrosos, de ahí que yo me anime hacer apuestas con Él, siempre que me siento a verlos disfrutar sus alimentos, me les quedo viendo y Él me dice: “no te van a dar”. Y yo le respondo que sí; claro mientras saco la lengua para percibir las pequeñas partículas de sabor que están en el aire, esa grasa suele ser muy volátil, o simplemente para distraer; mientras, Él me lo vuelve a repetir: “no te van a dar, no te hagas ilusiones.” Yo respondo –de nuevo- que sí lo harán; claro mientras alzo la pata olfateo un poco y los veo a los ojos. Casi siempre llegamos al mismo punto de nuestra plática, él me dice que no me darán y yo respondo que Sí me darán mientras hago algún ademán para agradar, así hasta hartarnos. Ahora anhelo que en nuestro próximo encuentro tenga el valor de hacer un poco más. De por fin mostrarle a Él que no son malos, que hay algo de bondad y nobleza pero que sólo son precavidos como serpientes.
En el último encuentro ya centrados en nuestra trivial conversación: ¿Qué quieres apostar? Respondí, Él dijo: -¡tu alma! Lo pensé, miré el suelo, levanté mi hocico, olfatee –por si era la última vez- y derepente escuché de uno de los comensales decir: ¿sabías que el Diablo le apuesta a los perros su alma?, ¿Cómo es eso? –Respondió el otro comensal- Sí, el diablo le apuesta a que tú no eres capaz de invitarle por lo menos un poco de tu alimento –asentó el primero- ¿Enserio? ¿Y si no le doy, pierde su alma? –respondió el segundo- . No, -respondió el primero- ¿qué pierdes tú?
me gusta más ese título!!!
ResponderEliminar