Por Josué.
Para nadie es un secreto que la industria armamentista es una de las más poderosas y prolíficas de los Estados Unidos, país autoproclamado como policía mundial y participe continuo de conflictos bélicos de manera sostenida desde su nacimiento como nación.
Para nadie es un secreto que la industria armamentista es una de las más poderosas y prolíficas de los Estados Unidos, país autoproclamado como policía mundial y participe continuo de conflictos bélicos de manera sostenida desde su nacimiento como nación.
Dejemos claro que la guerra,
aparte de sus evidentes tintes trágicos en todos los sentidos, es un negocio
que año con año deja cientos de millones de dólares en los bolsillos de
personas sin escrúpulos que bajo la bandera del capitalismo, producen y
comercializan armas. Solo por citar un ejemplo, hace algunos años el famoso
documentalista Michael Moore, hizo públicas las conexiones entre la familia
Bush (de la que padre e hijo fueron presidentes) con “The Carlyle Group” (un contratista militar y fondo de
inversión con muchos intereses en el Medio Oriente), la familia Bin
Laden y la producción y exportación de tecnología bélica, justo en el momento
previo a los ataques del 11 de septiembre y la consiguiente inauguración de la
“guerra contra el terrorismo” que propició la injerencia americana en Medio
Oriente. Un negocio que seguramente redituó en ganancias millonarias para estas
familias y organizaciones.
Otro ejemplo claro del negocio de las armas, es la “guerra contra el
narcotráfico” inaugurada por el pasado presidente Felipe Calderón, quien
durante su gobierno invirtió importantes cantidades del erario público en armar
a las agencias de seguridad incluyendo al ejercito, con armas producidas y comercializas
por nuestro incomodo vecino, mientras que por otro lado el enemigo, los
carteles de la droga, se armaban hasta los dientes con armas producidas y
comercializadas por la misma nación. Un negocio redondo.
No dudemos, que estos mismos mecanismos se presentan en las diferentes
regiones donde prevalecen situaciones de guerra.
Lo anterior es solo una muestra de una industria infame, que lucra con el
sufrimiento de millones de personas alrededor del mundo.
Culturalmente, el tema de las armas ya no en materia de producción y
distribución, sino en el de la posesión, es un hito dentro de la sociedad
estadounidense, mismo que se ve exaltado como derecho constitucional, muestra
inequívoca de una cultura estructurada a partir del miedo y la desconfianza,
centrada en el individuo y el deber moral de un jefe de familia de “proteger”
su patrimonio. Es decir, la posesión de
un arma de fuego es considerada como una medida de seguridad necesaria y se
entiende como irresponsabilidad el no tener una en casa. O al menos ese es, a
grandes rasgos, el discurso en el que se basan las diversas organizaciones pro-armas
en los Estados Unidos.
Hechos como los de este viernes, donde lamentablemente perdieron la vida
por lo menos 27 personas de las cuales 20 eran menores de edad, se repiten con
cada vez mayor frecuencia en las escuelas de los E.U. reabriendo constantemente
el debate sobre la posesión de armas de fuego. Es indudable que una legislación
en ese aspecto es necesaria, sin embargo es notable la polaridad y encono entre
los sectores de esa enfermiza sociedad.
Lo que al final de cuentas nos habla de las prioridades en las políticas de
los gobernantes, dentro de nuestro sistema capitalista, la ganancia siempre estará
por encima de todo y de todos, sean niños, estudiantes de primaria, profesores,
o cualquier transeúnte con la mala suerte de encontrarse en el lugar
equivocado.













