Por Josué.
En México no existe la justicia,
y lo que se entiende por tal es un producto más que se compra y se vende al
mejor postor, y el mejor postor es quien puede pagarla, lo que excluye a la gran
mayoría de la población, pobre y desamparada que gasta su tiempo entre trabajos
esclavistas y mal pagados y su escaso tiempo libre frente al televisor;
lamentando la muerte de Jenny Rivera y celebrando los triunfos de su “selección”.
Lo que si hay es espectáculo y
mucho, a todo color y en “vivo” o escenificado… es el mismo teatro patentado
por la elite del poder priista durante sus 70 años de gobierno, es un mecanismo
de control. Te dicen que hay justicia, que hay democracia, que hay valores, que
se lucha contra la pobreza, contra el narcotráfico, que las reformas son por tu
bien…
Pero todos lo palpamos, aunque nos hagamos pendejos: Esa incertidumbre que flota en el aire, este temor
generalizado, esa rabia contenida. Un ambiente que asfixia que desquicia. Eso
es vivir en México:
Levantarse a las 5 de la mañana,
tomar un escueto desayuno compuesto por sobras del día anterior y una taza de
café frio, tomar el transporte público y comenzar el tortuoso viaje de dos
horas a la ciudad, encontrarte con otros miserables como tú, desquiciados por
el ritmo de la vida y con los ojos marchitos clavados en ese presente continuo
y asfixiante que es su existencia. Encontrarse con que otra vez se subieron a
asaltar, que te quitaron el celular por el que ahorraste cinco meses y aparte
te tocaron algunos madrazos que
tendrás que aguantar todo el día, porque te queda una larga jornada: para
empezar, diez horas en la chamba y olvídate
de denunciar el asalto, sabes que es inútil, nadie escuchará tu voz. La resignación
es el veneno que se ha comido tu esperanza. Así son las cosas, no van a
cambiar.
Llegas diez minutos tarde al
trabajo, el metro a reventar se retraso como de costumbre, y tu jefe decide que
te descontará medio día por la tardanza, que fue culpa de alguien más, pero te acuerdas
que aquí no hay justicia, así que agachas la cabeza y comienzas las labores. Además ese miserable trabajo es lo único que
tienes, no te puedes arriesgar a perderlo. Ni porque en el contrato decía 8
horas. Ni por qué la quincena pasada te llego incompleta.
Al final del día, luego de otras
dos horas de transporte público, llegas a tu casa para recostarte, descansar y
olvidar por unos segundos que mañana hay que comenzar la jornada de nuevo.
Y entonces el IFE dice que el PRI
no es culpable, si, se paso por los huevos los topes de campaña, si usó
tarjetas Monex, sí “dispersó” 70 MDP… pero es México, aquí la justicia se compra,
la impunidad es un valor, la corrupción es una herramienta. Y tú eres un peón. Un
simple e insignificante peón.

