Por: Josué
Ante las influencias constantes de la
modernidad contemporánea, los flujos incesantes de información, la
diversificación vorazmente veloz de la tecnología, los vaivenes de la economía,
y las campañas mareadoras de la política no deja de sorprenderme lo fácil que
se aceptan y se olvidan los modelos prefigurados por milenios de lo que solo se
puede resumir como “cotidiano”. Nuestro mundo es tan implacablemente
desenfrenado que la frase de la celebre Mafalda “Paren el mundo que me quiero
bajar” es terriblemente precisa. ¿Y a que va todo esto? Se preguntarán,
estimados escuchas-lectores.
Y es que nuestro mundo ha cambiado tanto, que
vale la pena sentarse a reflexionar un poco acerca de eso que ya no somos y de
lo que indiscutiblemente seguimos siendo.
Para empezar, imagine usted, como era el mundo
de la información, hace apenas 100 años, (y digo a penas, pues a escala
cosmológica 100 años no son más que un suspiro). Si su asunto era comunicarse
con un ser querido, un hermano, madre, o novia que se encontrara lo suficientemente
lejana como para comunicarse directamente, la única vía posible era “la carta”.
El correo entonces, contenía una carga social inherente y fundamental. La
comunicación es un acto vital del ser humano, eso nos queda claro, pero la
forma y la diversificación que ésta ha tenido en el ultimo siglo es
vertiginosa. Y regresemos al ejemplo. Imagínese escribiendo la carta, a “puño y
letra” manchándose de tinta, corrigiendo y borroneando el texto, las ideas
fluyendo a través del papel, el olor de los trazos, la velas consumiéndose
iluminando las penumbras del atardecer veraniego. Y la emoción de transmitir,
de comunicar algo a esa persona tan querida y distanciada. A la mañana habría
que visitar el correo local y enviar ese trozo de papel, que a través de
intrincados caminos, y pasando de mano en mano, por largas horas, días, quizá
semanas y meses, comenzaría su largo recorrido, hasta llegar a las manos del
destinatario, quien a su vez, compartiría la emoción de saberse vinculada con
alguien más.
Un proceso sin duda emocionante, pero largo,
la carta podía tardar semanas en llegar, si es que llegaba, y la respuesta
tardaría aun más.
Hoy en día comunicarse es el pan nuestro, un
proceso inmediato que vincula a todo el mundo con un clik, incluso tecnologías
como el correo electrónico están
siendo desplazadas por conexiones mas inmediatas, nadie puede negar la
importancia de las redes sociales, ni
que decir del papel fundamental de los teléfonos celulares, de los mensajes de
texto, o del twitter.
Antaño la frase “Información es poder” era mas
precisa, ahora tenemos acceso constante a la comunicación y por ende a la
información, los eventos trascendentales diarios se conocen y transmiten en
tiempo real, peligrosamente cargados de intenciones de terceros. Los medios
masivos de comunicación están bien pertrechados en los mullidos tronos del quinto poder, pero esa masa de
información no nos ha convertido a nosotros, receptores indefensos, en seres poderosos. Si antes el riesgo estaba en
la incomunicación y la desinformación, hoy la recargada afluencia de
información nos sume en la no menos riesgosa confusión. Y ahí se encuentra el
punto central al que quiero llegar, estimado lector. La era de la comunicación,
de la información, nos ha sumido en los infiernos de la confusión. Por que lo
que nos dicen, es lo que conviene que sepamos, no lo que deberíamos saber, y
este es un punto al que todos deberíamos permanecer atentos. Se vienen
elecciones, guerras informativas que nos inundan, spots, publicidad y promesas,
muchas promesas. Informémonos, esa es la consigna del día de hoy, pero no con
lo que nos dicen, sino empapémonos de eso que no dicen, y así hagamos juicios
valorativos de lo que viene en esta intricada era de la comunicación.



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