martes, 14 de abril de 2015

Lady Day, a 100 años

por Josué.

El pasado 7 de abril se conmemoraron los 100 años del nacimiento de Billie Holiday, Lady Day, una de las voces más emblemáticas de la historia del Jazz, probablemente la más influyente, a lado de nombres tan luminosos como Ella Fitzgerald o Sarah Vaughan.
Es de sobra conocida la infausta historia que envolvió a Billie Holiday desde sus primeros años. Al menos una decena de biografías autorizadas o no, fundamentadas o no, producto de investigaciones serias o sólo de mitificaciones poco inquiridas, incluidas una autobiografía y una película, se han publicado para acrecentar la leyenda. En lo más general, podemos decir que comenzó a cantar a los 15 años en clubes de Harlem en los que la única paga eran las propinas de los clientes, a los 17 John Henry Hammond (descubridor de músicos como Bessie Smith, Bob Dylan y Bruce Springsteen) la catapultó al estrellato, convencido de que la voz de esa chica, que antes de su encuentro en el club “Monette's” jamás había cantado ante un micrófono, tenía ese algo que hacía falta para convertirse en una estrella. Parte de su fama, sin embargo, no se debe a su música, sino a los tintes de tragedia que hay en su biografía, que nos habla de una niña pobre abandonada por su padre, que atravesó una efímera etapa de prostitución como adolescente, el constante maltrato de hombres que dijeron amarla durante su juventud, y en la madurez, una invencible adicción a la heroína y al alcohol, que terminaron con su vida el 17 de junio de 1959, a los 44 años y en la total ruina económica.

No obstante, Billie Holiday es una de esas leyendas que se construyeron a pesar de la tragedia y no gracias ella, una mujer extraordinariamente valiente y decidida que lucho por lo que creyó y por crecer como cantante. Uno de los ejemplos más claros lo encontramos en la grabación de “Strange Fruit” (Extraño fruto), pieza musical de 1939 que se hizo mundialmente famosa, compuesta y escrita por el poeta Abel Meeropol, que habla sobre los linchamientos de negros en el sur de los Estados Unidos, colgándolos de los árboles. La canción se convirtió en el emblema de la lucha contra el racismo. Las versiones que hasta ese momento se habían realizado del poema, lo habían hecho bien como canto de batalla o simplemente recitadas con un sentimiento a menudo exagerado. Billie Holiday, en cambio, la transformó en un discurso inmediato y de mucha fuerza. La biografía sobre Holiday, escrita por Donald Clarke, remarca: “en muchas versiones se tiene la emoción de una excelente representación de una excelente canción; cuando Billie cantaba se tenía la emoción directamente de los pies del árbol”. Por algo, en 1999, la revista Time destaco “Strange Fruit” como la canción más importante del siglo XX.


La leyenda de Lady Day se acentúa si tomamos en cuenta los grandes músicos con los que compartió escena; Louis Armstrong, su gran influencia, del que declararía en su autobiografía, Lady sings the blues (1956): "Siempre quise el gran sonido de Bessie y el sentimiento de Pops". Sus primeras grabaciones de estudio las realizó bajo el sello Columbia, hasta 1933. En estos primeros años grabó junto a algunos de los mejores músicos de la historia del Jazz, como Ben Webster, Benny Goodman, Roy Eldridge, Johnny Hodges y Jonah Jones. Lester Young, apodado Pres por Billie, saxofonista que junto a Coleman Hawkins, es considerado uno de los más influyentes músicos sobre los que se construyó toda la tradición del saxo tenor en el jazz, fue su principal acompañante, él la bautizó como Lady Day por su elegancia y ella a él como Pres, por considerarle el “Presidente del saxofón”. Ambos personajes construyeron su propia leyenda negra que concluyo trágicamente hacia 1957, cuando la CBS había reunido a una serie de estrellas del jazz:

Durante los ensayos a Billie le toca interpretar 'Fine and mellow', Lester Young se encuentra en el lado opuesto de la sala y no cruzan ni una mirada. Para todos es evidente que se encuentra demasiado débil. Se le dice que no hace falta que toque con el resto de la banda y es el único que permanece sentado. Cuando están grabando el tema, el gran Ben Webster hace su solo y entonces Lester se levanta y toca. La cara de Billie se ilumina y sonríe. Después canta como nunca aquello de "mi hombre no me quiere, oh me trata tan mal... pero cuando empieza a amarme, es tan dulce y bueno". Las luces se apagan, Lester recoge su saxofón y se va a su casa para beber hasta morir el 15 de marzo de 1959. El día de su funeral Billie Holiday le dice a un amigo: "yo seré la próxima". Cuatro meses más tarde Lady Day cumple su palabra.

Poseedora de un inmenso talento interpretativo que plasmó en los 291 títulos diferentes que grabo durante su carrera, con algunas versiones únicas, otras grabadas en distintas versiones, por ejemplo Billie’s Blues tiene 19 versiones, lo que se resume en un total de 689 pistas. Ninguna otra cantante logro tocar tan hondamente el corazón de sus oyentes. El valor artístico de Billie Holiday reside precisamente en su capacidad interpretativa, en su dominio del swing y en la adaptación de sus cualidades vocales al contenido de la canción. Billie Holiday transmite a sus canciones una intensidad inigualable que, en muchos casos, es fruto de una traslación de sus vivencias personales a las letras cantadas.

Cerramos este breve artículo con las parabas de Wynton Marsalis, uno de los más grandes trompetistas de la historia, que a propósito de su aniversario declaró para la revista Life:

“En Billie Holiday encontramos el refinamiento de Louis Armstrong en forma femenina. Lo que ella hace es algo que sólo podría lograr una mujer. Hay en ella una sabiduría que los hombres no tenemos. Cuando frasea lo hace en grupos de tres notas en vez de dos o cuatro, que es lo usual. Y aun así siempre cuadra en términos de ritmo. Flota a través de la melodía. Urbaniza, por así decirlo, cosas propias de la música rural. Su comprensión de la armonía y de la melodía era extraordinariamente refinada. Es un grave error atribuir su forma de cantar a las penurias de su vida, porque se debe más bien a su sensibilidad lírica y a la substancia poética de su visión. Algo que nadie sabe por qué posee una persona, es un don espiritual con el que se nace”.

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